Aún después de 10 años de desaparecido, Jorge García Usta (Ciénaga de Oro 1960, Cartagena de Indias 2005) sigue siendo un intelectual prolífico… y un infatigable provocador. Con la lectura y análisis de su poemario más famoso, El reino errante (el próximo domingo, en El Centro de Cooperación Española, a las 5:30 de la tarde), el Hay Festival, que comienza hoy en Cartagena, le rendirá homenaje al escritor y poeta orense que partió prematuramente a la edad de 45 años, no sin antes dejar al mundo una vasta obra que incluyó ensayo, poesía, crónica, cuento, reportaje, columnas de opinión e innumerables intervenciones para la radio, entre tantas otras letras bien hilvanadas que ahora se salvan del olvido.
De hecho, la semana pasada lanzaron en Cartagena una compilación de ensayos y poemas suyos titulada Árabes en Macondo, que rescata uno de los muchos temas que lo apasionaron y que tenían como objetivo la búsqueda de sus raíces: la diáspora árabe hacia el Caribe colombiano, asunto que le concernía, como que era hijo de Nevija Usta, heredera de esa cultura del Oriente Medio.
La casa que habitan su mujer y sus hijos en el sector del Paseo Bolívar de la Ciudad Heroica sigue siendo un yacimiento “a cielo abierto” de su obra. En ella reposan, en cajas de cartón y archivos digitales, poemas, crónicas y ensayos aún no publicados, y de la cual sus estudiosos y amigos echan mano de cuando en cuando para sacar a la imprenta un nuevo libro o un artículo de prensa inédito.
“Me ando encontrando poemas nuevos por ahí entre un libro, o una frase suelta que él algún día escribió en algún papel, y que tiene relación con algún ensayo que le leí; me sigue sorprendiendo, sigue siendo un escritor nuevo para mí”, dice Rocío García, su viuda, engalanada con una manta wayú, sentada en un sillón de la sala del viejo apartamento estrato tres, ubicado a 15 minutos del centro histórico.
Allí, encima de un piano, un guante de béisbol. Del cielo raso pende un móvil hecho con varitas de bambú de diferentes tamaños y diámetros, que por las brisas decididas de enero emite una cadencia relajante. Ambiente propicio para hablar del ser que amó y se ocupó de la ancestralidad, de la tradición y las raíces del Caribe.
En una de las paredes cuelgan dos cuadros del escritor Héctor Rojas Herazo, también pintor, uno de los grandes inspiradores en la vida de Jorge García Usta, y cuya obra estudió a fondo y valoró con entusiasmo.
Sobre varias mesitas de madera y en otra pared, fotografías dispersas y esmeradamente enmarcadas de varias etapas de la vida del escritor y periodista, que hizo célebre la frase “Para escribir hay primero que vivir la palabra en todos los ríos”.
Sobresale un cuadro con un retrato perfecto de García Usta hecho a lápiz por el propio Rojas Herazo y que esconde una historia del primer encuentro de ambos poetas en 1985.
“Su primer encuentro con el poeta y pintor Héctor Rojas Herazo fue todo un acto de amor. El poeta, que le tenía terror a volar, venía desde Europa a Colombia, y no se conocían personalmente, solamente por medio de cartas. En el vuelo, para quemar los minutos eternos, en una hoja de papel Rojas Herazo dibujó el rostro de cómo creía que era su pupilo y estudioso contertulio costeño, y cuando se encontraron se lo entregó a Jorge”, narra Rocío, que después de tantos años se mantiene perpleja aún, de ver el acierto del retratista con su personaje.
“Primera aproximación al rostro de un amigo”, firma el cuadro Rojas Herazo.
Defensor de la Heroica
García Usta llegó de su pueblo natal a Cartagena a los 12 años, pero no solo para hacerse hombre: llegó para convertirse en un ser de mil cabezas, hiperactivo, creativo y eficiente en las disciplinas que abordó, todas bajo el denominador común del compromiso social. Apenas un adolescente, fundó con amigos En Tono Menor, revista literaria que fue su tribuna y desde la cual defendió a los nuevos creadores costeños. Fue estudioso y escudero dedicado del poeta cartagenero Luis Carlos ‘el Tuerto’ López.
Hizo primer año de derecho, pero las leyes le parecieron una celda insufrible; entonces optó por la Filosofía, en la Universidad Santo Tomás, donde estudió a distancia. “Los sábados viajaba a Barranquilla para presentar exámenes”, recuerda Rocío.
Fue un periodista incisivo, comprometido con las problemáticas de su región y el primero, con tan solo 20 años, en denunciar la contaminación en la bahía de Cartagena, así como decenas de descalabros urbanísticos y obras con mala planificación y sobrecostos para la ciudad.
Denuncias que a la postre le abonaron su salida del diario El Universal.
Con el paso de los años se transformó en un ensayista agudo y disciplinado que desde muy temprano hurgó en la vida y obra de dos monstruos literarios de su caribe: Héctor Rojas Herazo y Gabriel García Márquez. El otro tema que lo apasionó fue la inmigración árabe al Caribe.
Sobre Gabo escribió un detallado ensayo, el primero y el más importante que existe sobre su primera etapa como periodista en Cartagena, titulado Así aprendió a escribir García Márquez.
En él, García Usta demostró que la primera ‘cueva literaria’ de Gabo no fue Barranquilla, sino las bóvedas de Cartagena, poco después del Bogotazo, en noches de juiciosa bohemia al lado de su primer gran maestro: el san jacintero, Clemente Manuel Zabala, por entonces jefe de redacción de El Universal. En este estudio, un texto serio y obligatorio para quienes se adentran en los orígenes de las letras del Nobel, desarrolló la pesquisa sobre el primerísimo García Márquez, que Jacques Gilard había dejado pendiente.
García Usta fue además un activo gestor cultural y divulgador de instituciones como el Festival Internacional de Cine de Cartagena, el Festival de Música del Caribe, el Observatorio del Caribe, y de publicaciones como Aguaita, historia y Cultura, Travesía del Arte y Noventa y Nueve, esta, en los últimos años de su vida.
“Para él, un consejo de redacción podía terminar en una campaña educativa en un barrio. Tenía una visión amplia de las humanidades, y la disciplina era una de sus mayores exigencias. Recuerdo que Noventa y Nueve fue una revista que tuvo 7 números en siete años; sin embargo, nos reuníamos todos los domingos a las 4 de la tarde, alrededor de la revista”, recuerda la abogada Irina Junieles, pupila de García Usta y hoy Defensora del Pueblo de Bolívar.
Gracias a la jefatura de prensa en el Festival de Cine, que Jorge ocupó por 18 años, el encuentro superó las murallas y llegó hasta los barrios populares de Cartagena, donde aún sigue formando públicos.
Jorge García Usta fue un maestro que marcó e inspiró a una generación de escritores, periodistas y profesionales, jóvenes de su misma edad e incluso mayores que le reconocieron su liderazgo intelectual.
Otros temas que ocuparon su inquieta creatividad fue la música. Es de forzosa consulta el texto de crónicas 10 juglares en su patio, que escribió junto al galardonado Alberto Salcedo Ramos, y las tradiciones orales de las zonas rurales, para las cuales encontró en su propia poesía su mejor medio de expresión:
En estas tierras tan anchas todo es tristeza y baile
Pradera y baile,
Presagio y baile.
Si la noche está herida, bailan.
Si el caimán se aloca, bailan.
Si el río agoniza, bailan.
Bailan porque el mar
Y porque la muerte…
“Desde su poesía le habló tanto a sus orígenes árabes como a sus raíces sinuanas. Las músicas populares también tuvieron un espacio en su obra y en su prosa, como en su libro Monte adentro; y su interés por la cultura se reflejó en múltiples ensayos”, suma Gina Ruz, exdirectora del Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena, alumna del escritor y una de las gestoras del último proyecto editorial Árabes en Macondo.
El Parque Fútbol Club
Otra faceta menos difundida de García Usta fue la de futbolista dominguero y capitán y presidente del Parque Futbol Club, un proyecto deportivo que como todas sus empresas también tuvo un enfoque humanista.
Su faceta de amante del fútbol fue desnudada por el periodista Daniel Samper, amigo personal suyo, quien ‘alertó’ al mundo que el intelectual costeño era fiel pero silencioso hincha del Santa fe, equipó insignia de los cachacos.
“En su equipo, él reunía abogados, economistas y profesionales en general con los vendedores de tintos del parque de Bolívar, todos al mismo nivel. Si un domingo un doctor o un juez no jugaba bien podría ser perfectamente reemplazado por un joven tuchinero o un vendedor de café, y al contrario. El objetivo y el común denominador de su equipo eran la igualdad, la disciplina y el respeto entre compañeros, sin importar estrato, raza o condición social”, explica su mujer.
Hay un común denominador en la imagen que sus amigos tienen de él: “Lo recuerdo bañado en sudor caminando por el centro histórico y cargando unas tres mochilas, todas llenas de papeles. Él, como un niño alegre que se acaba de encontrar un tesoro, escarbando y sacando algún papel con un texto encantador o una denuncia urgente”, dice Alberto Abello Vives, amigo cercano del desaparecido escritor.
Las fiestas de la Independencia de Cartagena también le deben a Jorge su revitalización luego de que, a comienzos de este siglo, él emprendiera una de las más férreas campañas para marcar diferencias entre las tradiciones populares y el Reinado Nacional de la Belleza, e hizo que los bandos de los barrios fueran incluidos en las agendas oficiales de las fiestas.
“Otra obra que debe ser compilada es una serie de reportajes en la que Jorge denunció la contaminación con mercurio en la bahía de Cartagena, y que comenzó con un texto titulado ‘Fantasmas en la bahía’. Es un tema hoy vigente y de interés nacional”, agrega Abello Vives, quien promete seguir indagando en la veta abierta que Jorge García Usta dejó en su extensa obra.
En definitiva, Jorge García Usta fue un velocista: un hombre que atisbó con sabiduría que el puñado de días que le dio la vida se ocultarían pronto como un atardecer sobre la mar.
Un hombre que vivió con la intensidad de quien sabe que la carretera en esta tierra es corta.
Dicen que jugó fútbol dos días antes de que una crisis cerebro- vascular lo fulminara un 25 de diciembre. Es mentira, lo acabo de ver con su barba poblada, sus gafas opacas y su mochila llena de escritos y sueños, silbando un vallenato y huyéndole a un aguacero bajo los balcones, por la calle San Juan de Dios, en Cartagena.
